El gato de Frankenstein

Había una vez una cabra montés ibérica —una bucarda de los Pirineos, para ser precisos— llamada Celia. Vivía protegida en el Parque Nacional de Ordesa, España, pues era nada menos que el último ejemplar de su especie, víctima de la cacería inmoderada. Un día, a principios de enero de 2000, ocurrió una desgracia: un árbol se vino abajo y aplastó a Celia.

Bucardo de los Pirineos

Bucardo de los Pirineos (Capra pyrenaica pyrenaica). Dibujo de Joseph Wolf. Wikimedia Commons.

Un año antes del accidente, unos científicos previsores habían tomado una muestra de su cuero y habían guardado las células en nitrógeno líquido. Así que decidieron intentar algo insólito tratándose de una especie extinta: clonarla. Descongelaron las células y transfirieron el ADN de la bucarda a un cierto número de óvulos de cabras comunes, que luego implantaron en varias hembras híbridas de cabra doméstica y cabra montés española, una subespecie muy cercana al bucardo de los Pirineos. Varios embriones se perdieron, pero tras los cinco meses y medio que dura la gestación, una de las siete madres sustitutas seguía gestante.  Desafortunadamente, cuando los científicos la abrieron para que naciera el clon de Celia, éste vivió apenas unos minutos pues, como lo reveló la necropsia, el cabrito padecía graves anormalidades pulmonares, defecto que se ha encontrado en otros clones jóvenes.

Pese a todo, lo que se logró hacer con Celia mantiene vivas las esperanzas de que en el futuro sea posible, con ayuda de la biotecnología, reconstituir las poblaciones de muchas especies que hoy se hallan en peligro de extinción. Con esas esperanzas, dieciocho instituciones de ocho países participan en el Frozen Ark Project (Proyecto Arca Congelada), que mantiene 48,000 muestras de ADN de más de 5,500 especies, algunas de ellas extintas recientemente.

El carnaval de los (nuevos) animales

Portada de Frankenstein's cat

De los laboratorios a las granjas, de los acuarios a las universidades, Emily Anthes nos lleva a recorrer lo que llama “el país de las criaturas clonadas y las bestias biónicas”, donde se forja una parte importante de nuestro futuro.

Todos estos detalles los acabo de leer en Frankenstein’s cat (El gato de Frankenstein), libro en el que la periodista Emily Anthes hace un fascinante recorrido por las variadas maneras en que la biotecnología viene modificando la vida, el cuerpo y el destino de un creciente número de animales. Si el título del libro les evoca las sombrías páginas de la famosa novela de Mary Shelley, olvídenlo. El de Anthes es un texto alegre y luminoso; y su examen de las posibilidades que la biotecnología encierra para el futuro de los animales y de nuestra propia especie es positivo.

Anthes cubre un territorio amplísimo, desde cosas triviales, como la producción de pececillos fluorescentes y cucarachas teledirigidas, hasta proyectos verdaderamente significativos, como la generación de aves de corral incapaces de contagiarles la gripe aviar a sus congéneres, la creación de razas de ganado resistentes a un sinfín de enfermedades o, como lo cité arriba, el posible uso de la ingeniería genética para rescatar de la extinción a especies en peligro. Todo eso, pasando por perros y gatos que han vuelto a caminar gracias a los recursos de la ciencia, la cola protética del delfín Winter, la clonación del perro de rescate Trakr, o focas dotadas de microtransmisores que ayudan a estudiar el medio ambiente marino, la vida de los propios animales y sus relaciones ecológicas.

Destacaré un ejemplo que me cautivó. La leche materna humana es, en palabras de Anthes, “un potente elíxir antidiarreico”. Abundan en ella sustancias que refuerzan el sistema inmunitario del lactante y atacan a los gérmenes patógenos. Una de esas sustancias es la lisozima, enzima que tiene una poderosa actividad lítica sobre la pared celular de muchas bacterias. Aunque Anthes no lo menciona, la lisozima —descubierta nada menos que por Alexander Fleming en las secreciones nasales humanas— es quizá la más estudiada de las proteínas, fue la primera cuya estructura se determinó mediante cristalografía con rayos X y se la utiliza a menudo como modelo en la bioquímica proteica.

Fleming, descubridor de la lisozima

Alexander Fleming (1881-1955), descubridor de la lisozima (además, como todos lo recordamos, de la penicilina).

La cantidad de lisozima presente en la leche materna humana es muy superior a la que se encuentra en la de muchos otros mamíferos. Las fórmulas lácteas para bebés, elaboradas por lo general a partir de leche de vaca, tienen cuando mucho algunas trazas de lisozima. Dos investigadores de la Universidad de California, James Murray y Elizabeth Maga, decidieron buscar una manera de llevar los beneficios de esta enzima a bebés que no consumen leche materna y a niños que ya pasaron la edad de la lactancia. Para eso, introdujeron el gen de la lisozima humana en óvulos fertilizados de cabra y obtuvieron una hembra transgénica, Artemis, madre de un nuevo linaje de cabras que producen leche con un contenido de lisozima diez veces superior al normal, lo cual, al parecer, las beneficia a ellas mismas: sus ubres son más saludables y con menos signos de infección, según los primeros datos. “Estas cabras transgénicas representan uno de las primeras especies pecuarias genéticamente modificadas con el potencial de beneficiar al animal, al productor y al consumidor”, concluyeron en un reporte de investigación Maga, Murray otros científicos.

Cabra transgénica con sus creadores

James Murray, Elizabeth Maga y una amiga transgénica. Foto: Dave Jones / UCDavis.

En septiembre de 2011, Murray y Maga solicitaron a la Administración de Alimentos y Drogas (FDA) de los EUA revisar la leche de las cabras transgénicas y declarar oficialmente que es segura para el consumo humano. Hasta el momento en que Anthes terminó de escribir su libro, hace unos cuantos meses, no había respuesta a la solicitud. Mientras tanto y por si las dudas, Murray y Maga han establecido un segundo rebaño de cabras en Brasil, país que se está convirtiendo en una potencia mundial en biotecnología agropecuaria.

Un mundo más humano

“El mundo se está volviendo más humano, creado cada vez más por nosotros, para nosotros”, dice Anthes. Muchas de las cosas que hemos hecho a través de los siglos afectan negativamente a los animales y a nuestra propia vida; otras los han beneficiado a ellos y a nosotros. “Los humanos somos una fuerza de la naturaleza —somos, en ciertos sentidos, la fuerza de la naturaleza— e influimos a los animales, nos lo propongamos o no. Así que, viendo hacia adelante, la verdadera pregunta no es si debemos conformar los cuerpos y las vidas de los animales, sino cómo debemos hacerlo: con qué herramientas, en qué circunstancias y para qué finalidad”.

Winter's Tail

En diciembre de 2005, un joven delfín se enredó por accidente en una trampa para cangrejos. Aunque fue rescatado, perdió la cola, por falta de irrigación sanguínea. Dotado de una cola prostética, Winter, como se le nombró, lleva hoy una vida prácticamente normal en el Clearwater Marine Aquarium, de Florida. Se ha escrito por lo menos un libro sobre su historia y en 2011 salió una película en la que el delfín hace su propio papel. Foto: Krissy Venosdale (Flickr Creative Commons).

“A menos que planeemos mudar a toda la humanidad a Marte y dejar que la Tierra se vuelva otra vez silvestre, quizá necesitemos ayudar a nuestros amigos de pelo y pluma a sobrevivir en un mundo que nos contiene”, dice la autora, con patente realismo. Para eso, es importante no caer en las “visiones apocalípticas” de tantos periodistas, políticos y expertos en ética que especulan con las peores posibilidades. “Luego de pasar un tiempo en el país de las criaturas clonadas y las bestias biónicas, estoy en condiciones de imaginarme un futuro alternativo, en el que la biotecnología traiga esperanza y promesa en vez de ansiedad y alarma”.

Ojalá que Frankenstein’s cat se traduzca pronto al español. Su amable exposición del tema contribuirá a informar a un público más que necesitado de entender qué es la biotecnología y hacerse idea del enorme abanico de posibilidades que ésta viene abriendo a paso veloz.

Emily Anthes es periodista especializada en el campo de la ciencia. Sus artículos han aparecido en Wired, Scientific American, Psychology Today, Slate y otras publicaciones. Vive en Nueva York, con su perro Milo. Pueden visitar su sitio en la red en este enlace.

Frankenstein’s cat: cuddling up to biotech’s new brave beasts fue publicado en marzo de este año por Scientific American / Farrar, Straus y Giroux.

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2 pensamientos en “El gato de Frankenstein

  1. maestra quiero felicitarla por su blog, es muy interesante me quede con ganas de leer en este articulo un poco mas sobre la clonación de organos es posible? y si se clona un ser identico, tambien tiene las posibilidades de sufrir las mismas enfermendades que el “original”

    • Gracias por comentar, Gabriela. La clonación de organismos, básicamente, consiste en utilizar el material genético de una sola célula en vez de unir un óvulo y un espermatozoide. El material genético que se va a emplear se transfiere a un óvulo al que se le ha quitado el núcleo y luego se induce a esta nueva entidad biológica a comportarse como un óvulo recién fertilizado, es decir, a convertirse en un nuevo organismo. Si éste se desarrolla normalmente, será un individuo genéticamente idéntico al original del que proviene su informción genética. La idea de recuperar especies en peligro de extinción o extintas recientemente depende de la posibilidad de contar con suficiente material biológico, así como de vencer una gran cantidad de problemas que se han encontrado en el desarrollo de los nuevos organismos. La famosa Dolly, por ejemplo, se clonó a partir de células congeladas; pero no fue nada fácil: fue el único éxito entre 227 intentos. El caso de Celia, que relato en el artículo, ilustra los obstáculos a los que se enfrentan estos proyectos.
      En cuanto a la clonación de órganos, yo no sé gran cosa. He leído que hay la idea de producir embriones humanos por clonación para obtener a partir de ellos células o tejidos injertables para beneficio del donante de la célula original. Aparte de las enormes dificultades técnicas que se tendrían que vencer, la idea plantea tremendas cuestiones éticas y morales. Tampoco he profundizado en el tema lo suficiente para responder a tu segunda pregunta (la cual no sé si se refiere a cualquier clase de organismo o tienes en mente alguna clase particular de organismos, por ejemplo, ganado vacuno). Te prometo que, cuando tenga oportunidad, le plantearé tus preguntas a expertos en estos asuntos.
      Saludos.

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