Docencia y veracidad: reflexiones inconclusas

Parece obvio que la educación es imposible sin alguna forma de comunicación. Educar es una manera especial de comunicar.

El maestro Emilio Redondo —acucioso historiador de la pedagogía— subrayaba (1959) que en la base de toda labor educativa encontraremos sin falta la comunicación. A su juicio, la educación es siempre un proceso o esfuerzo de perfeccionamiento, y no hay perfeccionamiento posible sin comunicación; la comunicación en su aspecto relacional constituye, pues, el problema central de toda pedagogía.

¿Me entiendes, Méndez, o no me explico, Federico?

También pensaba Redondo que, en cuanto a esto, no importa si la educación se concibe preferentemente como autoeducación o heteroeducación. La razón me parece evidente: los saberes, valores, actitudes, habilidades, que construirá el educando en el proceso enseñanza-aprendizaje necesitan de ingredientes que tienen que serle de algún modo comunicados.

La Real Academia Española define comunicación, primero que nada, como la acción y el efecto de comunicar o comunicarse. La definición incluye asimismo la “transmisión de señales mediante un código común al emisor y al receptor”; y en plural cubre medios como el teléfono, el telégrafo, etc. Yo siempre digo que cualquier definición de un fenómeno multifacético es como una cubeta con agujeros: por algún lado se le sale lo que intenta contener.

El acto de comunicación más básico se puede representar con un esquema muy simple. La comunicación social humana es en realidad una intrincada y activísima red de millones y millones de estos actos básicos en flujo constante.

Pero se pueden intentar descripciones. Todo acto de comunicación implica el trato entre dos o más personas que intercambian mensajes a través de un canal, expresados en un código que es común al emisor y al receptor. Es imaginable una comunicación unilateral, en la que el emisor y el receptor mantienen sus puestos respectivos a todo lo largo del proceso; en una comunicación activa, por otra parte, el emisor y el receptor permutan sus papeles de modo continuo y a veces intenso.

Una descripción más detallada del proceso de comunicación tendría que tomar en cuenta el referente o asunto al que se refiere el mensaje, las características de los diferentes canales, las cualidades de los códigos, la codificación del mensaje y los errores de descodificación, etc. La descripción que da Wikipedia ayuda a considerar las varias dimensiones del proceso. En los libros especializados hallaremos la consideración de todas ellas. En otra parte de esta bitácora, puse un enlace a una presentación de diapositivas que preparé como material de apoyo para una exposición sobre el tema particular del lenguaje en el desarrollo humano.

Se me ocurre que todo lo dicho arriba es verdad aun tratándose —por ir a un extremo— del autodidacta que lea libros quizá escritos hace siglos o del que trate de mejorar su técnica de interpretación musical escuchando grabaciones de virtuosos fallecidos décadas atrás.

Todo acto de comunicación implica un mensaje, un canal y un código común a emisor y receptor.

En ese extremo, el emisor puede ser, digamos, Dante o Pablo Casals, con quienes ya no podemos dialogar, pero el receptor dispone del mensaje, del canal y del código. Por otra parte, en las condiciones más o menos normales del proceso enseñanza-aprendizaje en el aula, el diálogo de viva voz es una realidad cotidiana (a menos que el maestro sea un dómine implacable, enamorado de su propia voz y sicológicamente sordo a otras voces).

Entre los dos extremos se ubicaría toda una gama de situaciones en que la comunicación se da por episodios, como cuando llegaba la carta del ser querido que estaba lejos o, en nuestros tiempos, cuando revisamos nuestro correo electrónico después de uno o dos días de no tocarlo. El que llegue a leer estas reflexiones y aun a comentarlas entablará conmigo este tipo de diálogo episódico.

El docente es un comunicador profesional. De ahí la importancia de su credibilidad. Alguien me ha dicho, y yo concuerdo, que construir nuestra credibilidad toma toda una vida —puesto que hay que refrendarla día tras día—, pero destruirla toma a veces unos momentos.

Hay una relación directa entre nuestra credibilidad y nuestra veracidad. “Quien habla suscribe un contrato de decir la verdad, sin el cual la misma atención de los demás no tendría el menor sentido”, dice un notable filósofo español contemporáneo. “La promesa explícita de no mentir es exigible en momentos de crisis y desconfianza, pero ordinariamente actúa como uno de los supuestos implícitos que explican el funcionamiento habitual de esa institución que es la comunicación humana” (Innerarity Grau 2008 [2001]).

O, para decirlo con el agudo científico y filósofo húngaro Michael Polanyi (1946), no abrazamos el amor a la verdad ni confiamos en la veracidad de nuestros semejantes como teorías o como artículos de una fe declarada; más bien son cosas que “cobran vida en la práctica de un arte —el arte de la discusión libre—, del cual vienen a ser las premisas”.

El docente dice la verdad. Tiene que decirla en conciencia. Si no sabemos algo, es mejor decir: “No sé, pero lo averiguo”, a querer salir del paso con una mentira. Nuestro contrato de decir la verdad es de lo más riguroso: a nosotros se nos exige lo que casi nadie espera de los políticos.

Trabajos citados

Innerarity Grau, Daniel. Ética de la hospitalidad. Barcelona: Grup 62, Ediciones Península, 2008 [2001].

Polanyi, Michael. Science, Faith and Society. Londres: Oxford University Press, 1946.

Redondo García, Emilio. Educación y comunicación. Madrid: CSIC, Instituto San José de Calasanz, 1959.

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7 pensamientos en “Docencia y veracidad: reflexiones inconclusas

  1. … profesora, su blog esta realmente completo, bien estructurado, y contiene reportes muy interesantes para la formacion cientifica, muchas gracias por la invitación a visitarlo…

  2. LA INFORMACION QUE PRESENTAS ES MUY VERAZ Y CONFIABLE. SIEMPRE HAS DEMOSTRADO QUE REALIZAS TRABAJOS DE CALIDAD Y ERES UNA MAESTRA CAPACITADA. AGRADEZCO MUCHO QUE COMPARTAS ESTO CON NOSOTROS PARA CRECER COMO PERSONAS Y COMO PROFESIONALES.
    ¡SALUDOS!

    • Eres muy amable, Erubiel. Gracias. Éste es un trabajo todavía en desarrollo, que espero completar en las semanas venideras. ¡Saludos afectuosos!

  3. Le agradezco su atención y su comentario, doctor Torres.
    Estas reflexiones, como lo digo en el título, están inconclusas, de hecho apenas empezadas; y seguirán inconclusas por un tiempo, no porque las vaya a dejar intocadas, sino al contrario, porque me propongo irlas enmendando, puliendo, amplificando.
    Un saludo.

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