Carnitina: las falsas promesas

Imagen de fisicoculturista. Anuncio de 1936.

Imagen de Velvet Tangerine (Flickr Creative Commons).

Tanto se ha promovido, que algunos atletas de veras creen que ingerir suplementos de carnitina los ayudará a quemar más grasa, ahorrar glucógeno y mejorar su rendimiento. Asimismo, hay personas que toman suplementos de carnitina con la esperanza de que les ayude a bajar de peso.

Pero, de acuerdo con los Institutos Nacionales de Salud (NIH) de los EUA, veinte años de investigaciones no han arrojado evidencia firme de que los suplementos de carnitina puedan mejorar el desempeño físico de sujetos saludables, en dosis que van de 2 a 6 gramos por día, administradas por entre 1 y 28 días.

Qué es

Carnitina es el nombre genérico de varios compuestos, entre ellos la L-carnitina, la acetil-L-carnitina y la propionil-L-carnitina. (La L se refiere al isómero levógiro de la sustancia, que es el biológicamente activo en nuestro organismo.) La carnitina tiene un papel importantísimo en el metabolismo energético y desempeña funciones como la protección de la estructura de las membranas celulares. Pero se considera un nutrimento no esencial por la sencilla razón de que, en la aplastante mayoría de los casos, el organismo humano saludable fabrica todos los días carnitina suficiente para satisfacer sus necesidades.

Los niños y adultos en buen estado de salud —dicen los NIH— no necesitan ingerir carnitina, pues el hígado y los riñones la producen en las cantidades requeridas a partir de los aminoácidos lisina y metionina. Además de esta biosíntesis endógena, un buen número de alimentos, como la carne o los lácteos, aportan carnitina, la cual se absorbe casi por completo en el intestino delgado.

En el organismo, la carnitina facilita el paso de los ácidos grasos de cadena larga a través de la membrana de la mitocondria a fin de que puedan oxidarse para producir energía. Los fabricantes de suplementos insinúan que si hay más carnitina disponible, se oxidará más grasa y habrá más energía; pero los estudios demuestran que no es así.

Carne cocinada

La carne y otros alimentos de origen animal son fuentes de carnitina. Unos 225 gramos de bistec de res (cocinado) contienen entre 60 y 160 miligramos de carntina. Una taza de leche contiene 8 miligramos. Foto: powerplantop (Flickr Creative Commons).

Por ejemplo, un estudio publicado en enero de 2007 en el European Journal of Applied Physiology mostró que complementar el ejercicio aeróbico con la ingesta de L-carnitina no mejora el desempeño en el ejercicio. Otro estudio, publicado en febrero de 2008 en el International Journal of Sport Nutrition and Exercise Metabolism mostró que ingerir hasta 3 g por día de glicina propionil-L-carnitina por ocho semanas, al mismo tiempo que los sujetos realizaban entrenamiento aeróbico, fue ineficaz para aumentar el contenido de carnitina en los músculos y no tuvo efecto significativo alguno en el desempeño aeróbico o anaeróbico.

Como lo resumen los expertos Jack H. Wilmore y David L. Costill en su libro Fisiología del esfuerzo y del deporte (Editorial Paidotribo, 2007), aunque la carnitina es importante en el metabolismo de los ácidos grasos, la mayoría de los estudios demuestra que la suplementación ni aumenta el almacenamiento de carnitina en los músculos ni mejora la oxidación de los ácidos grasos ni ahorra glucógeno ni retrasa la manifestación de la fatiga durante el ejercicio.

Riesgos

Por otro lado, en su literatura para los profesionales de la salud, los NIH advierten que, en dosis de aproximadamente 3 g por día, los suplementos de carnitina pueden provocar nausea, vómito, cólicos, diarrea y un “olor a pescado”. En personas que padecen uremia puede provocar debilidad muscular; también puede desencadenar ataques en personas propensas. Aparte de eso, las personas que toman suplementos que supuestamente mejorarán su rendimiento atlético o les ayudarán a bajar de peso deben saber que algunos de esos productos están contaminados con sustancias ilegales —por ejemplo, esteroides— que no se mencionan en la etiqueta. Las consecuencias de ingerirlos pueden ser muy dañinas.

Hay ciertos padecimientos, sí, en que la L-carnitina se usa como medicamento. Por ejemplo, la Administración de Alimentos y Drogas (FDA) de los Estados Unidos ha aprobado su uso para tratar la deficiencia de carnitina en pacientes sometidos a diálisis. Hay ciertos desórdenes funcionales que algunas autoridades médicas consideran que quizá resulte apropiado tratar, al menos en parte, con carnitina.

Pero usar la carnitina para combatir una deficiencia específica es algo muy diferente de su presunta eficacia como suplemento dietético. Y en caso de enfermedad, no hay que olvidar los riesgos de automedicarse. Para empezar, el diagnóstico lo tiene que establecer un profesional de la salud y, segundo, todo tratamiento médico se tiene que realizar, precisamente, bajo la dirección de un médico.

Referencias

Lee, J.K.; Lee, J.S.; Park, H.; Cha, Y.S.; Yoon, C.S.; Kim, C.K. (2007). Effect of L-carnitine supplementation and aerobic training on FABPc content and beta-HAD activity in human skeletal muscle. Eur J Appl Physiol. 99(2):193-9.

Smith, W.A.; Fry, A.C.; Tschume, L.C.; Bloomer, R.J. (2008). Effect of glycine propionyl-L-carnitine on aerobic and anaerobic exercise performance. Int J Sport Nutr Exerc Metab. 18(1):19-36.

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El termómetro que cayó del cielo

Termómetro digital.

Entre los animales, la fiebre es una respuesta muy generalizada a la enfermedad. Su medición precisa es de enorme importancia clínica. Foto de Chelsea Gómez (Flicker Creative Commons).

La mayoría de los vertebrados —y hasta algunos invertebrados— tenemos la capacidad de aumentar nuestra temperatura corporal en respuesta a una gran variedad de estímulos, entre ellos, muy especialmente, la agresión de gérmenes patógenos. Esta respuesta prácticamente universal a la enfermedad, que se conoce como fiebre, es uno de los signos que le dicen al médico que algo anda mal en nuestro organismo.

De ahí que una de las primeras cosas que hacen el médico o el enfermero cuando vamos a una consulta sea tomarnos la temperatura. Si ésta se ubica por encima de los valores normales (digamos, más de 37.5° C en la cavidad bucal), hay fiebre. Los médicos tienen en cuenta, además, los ciclos circadianos, es decir, los ciclos fisiológicos de aproximadamente 24 horas de duración que experimentamos los seres vivos y que constituyen el llamado reloj biológico; si la temperatura se toma por la mañana y excede los 37.2° C, hay fiebre, pero al caer la tarde los médicos sólo juzgan que hay este signo si la temperatura pasa de 37.7° C.

Por milenios los médicos han estado al tanto de que la fiebre es un indicio de enfermedad, pero la medición de la temperatura corporal se inició apenas en el siglo XVII, cuando el médico italiano Santorio Sanctorius (1561–1536) inventó el primer termómetro clínico, como parte de su extenso trabajo de investigación sobre la fisiología humana. Su aparato consistía en un recipiente cerrado que contenía aire, el cual se contraía o expandía de acuerdo con la temperatura, haciendo bajar o subir una columna de agua en un tubo con una graduación arbitraria.

Los termómetros modernos

Termómetros clínicos de mercurio

Termómetros clínicos de mercurio. Fotografía de Zwager (Wikimedia Commons).

Fue a comienzos del siglo XX cuando se introdujeron los termómetros de mercurio que todavía se ven en muchas clínicas y hogares. Son instrumentos bastante precisos, basados en la dilatación del metal líquido, que “sube” a lo largo de un capilar dentro de un tubo de vidrio graduado. Pero su uso siempre ha tenido sus dificultades.

Para empezar, el tubo de vidrio tiene que ser muy estrecho, pues debe contener mucho menos mercurio que el bulbo, a fin de que la temperatura del propio tubo tenga el mínimo efecto sobre la columna del líquido. Eso dificulta la lectura del instrumento, que se tiene que poner en un ángulo preciso para ver la columna de mercurio contra la graduación. Además, hay que esperar varios minutos para que el mercurio se dilate y registre la temperatura, lo cual es difícil con pacientes agitados, como un niño en estado febril. Para colmo, el mercurio es un metal tóxico; las sacudidas necesarias para “bajar” la columna terminan en ocasiones en la ruptura accidental del termómetro y el derrame del mercurio, con los riesgos consiguientes.

Hace algún tiempo salieron al mercado unos termómetros de cristal líquido termocrómico, es decir, que cambia de color de acuerdo con la temperatura. El cristal líquido viene en una cinta de plástico negro que se aplica a la piel; la lectura, por lo común, aparece rápidamente en números de colores. Han sido todo un éxito con los niños, que obviamente prefieren que les pongan por un ratito una cinta de plástico en la frente en vez de mantener por varios minutos un molesto tubo de vidrio en la boca o la axila.

En la actualidad, los sustitutos más populares de los termómetros de mercurio son los termómetros electrónicos digitales. Éstos registran la temperatura mediante un termorresistor (o termistor), es decir, un dispositivo cuya capacidad para conducir electricidad aumenta marcadamente conforme aumenta la temperatura, que hace variar la resistencia de un semiconductor. Dentro del termómetro, una computadora minúscula mide la resistencia eléctrica del termistor y a partir de ella calcula la temperatura, que luego presenta numéricamente en una pantallita de cristal líquido (LCD).

Tecnología espacial

Ear infrared thermometer.

Termómetro clínico infrarrojo instántaneo. Pesa unos 65 gramos y da la lectura en alrededor de un segundo. Foto: Hyundai.

Desde la década de 1990 se cuenta con una forma aún más cómoda y precisa de medir la temperatura corporal: el termómetro infrarrojo, cuyo detector se coloca en el canal auditivo para registrar la temperatura del tímpano. Esto es ideal, porque el tímpano, dada su proximidad a la arteria carótida, tiene una temperatura prácticamente igual a la de la sangre que recién sale del corazón, con un margen de diferencia de 0.1° C.

El aparato no entra en contacto directo con el tímpano, lo cual evita el riesgo de perforación de esta membrana (riesgo por el que rara vez a un médico se le ocurre tratar de medir la temperatura del tímpano con un termómetro de mercurio o uno electrónico). El termómetro infrarrojo clínico registra en un material piroeléctrico la radiación infrarroja que emite el tímpano dentro del canal auditivo. Tomado el dato, el termómetro lo procesa y lo presenta en forma semejante a la que usan los termómetros electrónicos digitales. Todo el asunto dura menos de dos segundos.

Emisión térmica de Marte, 2001.

Imagen de emisión térmica de una zona del planeta Marte, obtenida por la misión Odyssey de la NASA en 2001. Foto: NASA / JPL / Universidad de Arizona.

El termómetro infrarrojo clínico, por cierto, es una aplicación de una tecnología ideada en la investigación espacial. El aparato fue perfeccionado por una compañía de San Diego, California, y el Jet Propulsion Laboratory (JPL) de la NASA. La compañía, Diatek Corporation, ya era importante productora de termómetros electrónicos cuando sus ingenieros tuvieron la idea de usar un detector infrarrojo para medir la temperatura timpánica. Como parte del grupo de empresas que colaboran con la NASA en investigación y desarrollo tecnológico, Diatek recurrió al JPL, que tenía décadas de experiencia en la medición remota de las temperaturas de estrellas y planetas mediante el registro de su radiación infrarroja.

Todo cuerpo cuya temperatura esté por encima del cero absoluto emite radiación infrarroja. La detección y medición de dichas emisiones permite no sólo determinar la temperatura de los cuerpos celestes, sino separar detalles que de otro modo no podríamos ver. De hecho, aprovechando sus diferentes temperaturas, es posible detectar cuerpos celestes muy remotos o escondidos detrás de cortinas de polvo o luz. Así se han descubierto planetas que giran en torno a estrellas lejanas, así como protoplanetas en formación.

La colaboración entre Diatek y el laboratorio de la NASA arrojó un producto que pesa unos cuantos gramos, se puede operar con una sola mano y mide la temperatura corporal en un santiamén y con enorme precisión. Para los grandes hospitales con muchos pacientes, en particular en el área de urgencias o en terapia intensiva, el termómetro infrarrojo clínico llegó, literalmente, como caído del cielo. Es de esperarse que su uso se generalice en consultorios y hogares.